La luz ténue asomándose por la ventana que dividía la atmósfera de apacible introspección, de la violencia de los árboles agitándose junto a las calles vacías, generando un ambiente propicio para sumergirse en el valle de los recuerdos, de las preciadas comisuras y las curvas de los hombros en los que había apoyado la cabeza inquieta después de unos cuantos espasmos. No se hace esperar la sonrisa que encierra uno de los tantos momentos en los que los susurros ingresaron en sus oídos para apoderarse de sus pensamientos que aparecen aleatoriamente sin permiso hoy, ayer o cuando el portador de la fórmula para derribar todas las barreras no se encuentra cerca.
La libertad que se mecía en colchones de intensidad se encuentra presa de la distancia dulce y cautelosa. Las palabras acercan los deseos, pero alejan la realidad que se aproxima rápido y despacio por otro sendero y que terminará concretándose estallando a su paso todo lo que emerge en la imaginación, bailando al ritmo de los latidos que están recostados en un sillón jugando a fingir que son otras las manos que recorren ese cuerpo.
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